Mi padre, el cine y la belleza

1Hace apenas una semana, tras una larga enfermedad que lo probó en todos los sentidos, mi padre cerró los ojos, dejó de respirar suavemente y decidió largarse en tren directo y sin paradas hasta la vida eterna. Siempre lo querré y sé que él ahora me sigue queriendo e intercede por mi madre, mis hermanas y por mí mismo; su ausencia -aunque jodida- es temporal y el vacío que me ha dejado lo suple una paz que no viene de mí, que me ha sido dada porque no estaba ni en mi intelecto ni en mis bolsillos. Él fue el primero en relatarme el acontecimiento (una noticia con 20 siglos de antigüedad) que ha hecho posible esta paz, enamorado como estaba de ese judío, hombre y Dios, que le dijo al mundo en qué consistía esto de la vida.

En ese sentido, creo con honestidad que hay una impronta divina en todo lo existente; incluido -y con preferencia- el ser humano; y que lo que hace este cada bendito día, en el fondo, es buscar la belleza de ese sello. A veces, nuestro yo herido se equivoca al rastrearla y se conforma, acostumbrado al lodo, con lo feo; pero siempre anhela esa belleza. De hecho, opino que los hobbies -por meternos ya en lo que hoy nos ocupa- no son más que una manera, a veces organizada y otras visceral, de realizar esa búsqueda.

John WayneBajo el microscopio antropológico es fácil advertir que aficiones tan dispares como el montañismo, la numismática o el bricolaje no apelan fundamentalmente a lo racional o a lo sentimental sino más bien a lo existencial y a lo estético, realidades siempre tan ligadas entre sí. El impulso que los conserva en sus devotos, a mi modo de ver, es la belleza de la experiencia que surge de su práctica. Ahí se rasca la superficie del sello antes mencionado.

Más allá del consumo sensorial de la naturaleza que se manifiesta en forma de paseos, escaladas o veranos en el pueblo no hay expresión más explícita de esa implícita cacería que las artes. De entre sus distintas disciplinas, la más amada por mi padre fue el cine. Seguro estoy de que, al pasar a esa existencia sin lugar, espacio o parámetros temporales humanos que llamamos “cielo” -por no poder describirla con palabras-, después de llenar de besos a su hermana y a mi abuelo, lo siguiente que hizo fue dedicarle un intenso abrazo a John Wayne. No se le habrá olvidado saludar a otros de sus admirados miembros de la industria cinematográfica como John Ford, Howard Hawks, Charlton Heston los Hermanos Marx o Maureen O’Hara (su amor hollywoodiense) pero Wayne habrá sido, sin duda, su primera opción.

3bMi padre, que fue campeón provincial de Matemáticas en el colegio, que corrió delante de los grises a los veintitantos, que disfrutó siempre hablando de política, que leyó tantos libros de teología, filosofía e historia, que me confió tantos relatos de infancia y juventud; él, que contaba chistes terriblemente malos y se arrancaba a cantar mientras seguía la melodía con su mano derecha -dedo índice extendido-, que me habló de Roma, de Atenas, de la II Guerra Mundial y del franquismo, fue también quien me transmitió la pasión que siento por la pantalla grande cuando aún no levantaba más que unos palmos del suelo. Quizás a causa de su avidez por devorar historias filmadas y leídas, mi hermana pequeña merienda libros y series sin parar, y un servidor -además de periodista- es un inagotable cinéfilo, como buen escritor y director frustrado. Al fin y al cabo, sin él cineparasimples no existiría.

4Sus pelis preferidas empezó a compartirlas con mis hermanas y conmigo a una edad bien temprana. Por eso, gran parte de los títulos que marcaron mi niñez procedían de su videoteca de imprescindibles; las había para ver todos juntos y las había de padre e hijo. Recuerdo que, aunque mis hermanas disfrutaban de estar con él a todas horas, relativizaban esa pasión y huían rápidamente cuando el programa de proyecciones incluía vaqueros o soldados, los géneros predilectos de su (nuestro) papaíto.

Si se trataba del lejano Oeste, Tomás -así se llamaba mi padre- tenía una obsesión que se agudizó en sus últimos años, Río Bravo. En ella, John Wayne interpreta a un sheriff que encarcela por asesinato al hermano de un poderoso cacique local. Este intentará liberarlo con su ejército de sicarios, contra los que el sheriff solo cuenta con la ayuda de un hábil pero alcohólico pistolero (Dean Martin), un abuelo medio cojo (Walter Brennan) y el jovencito pero valiente Colorado (Ricky Nelson). Pero las aguas del mítico río de Hawks no fue el único que le interesó: Río Grande y Río Rojo también lo hacían disfrutar como un chiquillo. La lista de sus westerns habituales la completaban La diligencia, Centauros del desierto, Fort Apache, Los siete magníficos y Murieron con las botas puestas.

5Por lo que se refiere a las pelis bélicas, no había nada comparable para él a las ambientadas en la II Guerra Mundial. Especialmente lo emocionaba la heroica historia del pelotón liderado por Errol Flynn en la clásica Objetivo: Birmania. Lo que creo que a él le atraía de relatos como La gran evasión, El día más largo o Doce del patíbulo -y en las cintas del Oeste mencionadas- era la lucha de sus protagonistas por defender aquello que creían justo, por cumplir con su deber, por su capacidad de sacrificio en pos de lo bueno y por el compañero de armas. Este aspecto se muestra muy claro en su postrero amor bélico, Salvar al soldado Ryan, la última película que pudo ver en cine; y fue conmigo. Me alegra pensar que él, que me había descubierto tantos filmes fabulosos, quedó encandilado por uno que le descubrí yo.

6Las aventuras encendían también su pasión cinéfila. En casa rayamos hasta hacerlas inservibles las cintas VHS de Robin de los bosques -la de Michael Curtiz con Flynn y sus compinches en mallas verdes y la maravillosa Olivia de Havilland poniendo ojitos-, Los tres mosqueteros -la de Gene Kelly como un D’Artagnan saltarín y Lana Turner en el papel de la atormentada Lady de Winter- y su venerada trilogía de Indiana Jones. De las modernas -y dando un salto a otros géneros- Karate Kid, Jungla de cristal y Forrest Gump eran una petición recurrente cuando el cuerpo ya no le respondía y sus hijos éramos los nuevos proyeccionistas.

7Cuando estaba dejando de ser un chiquillo mi padre me regaló, asimismo, grandes hitos de la historia del cine como la magistral El tercer hombre, Lawrence de Arabia, -que, por cierto, Steven Spielberg ve siempre antes de empezar un rodaje- o las dos primeras partes de la saga de El padrino, que aparecieron progresivamente junto a delicias del tipo de Al este del Edén, Qué verde era mi valle o El hombre tranquilo. Títulos clásicos que hemos idolatrado todos en casa gracias a él son El violinista en el tejado -que adoraba especialmente y tarareaba con solemnidad-, La carrera del siglo, Siete novias para siete hermanos -que tarareábamos en familia- y la cincuentera Mujercitas (que derrite de nostalgia a mis hermanas, sobre todo a la mayor).

8El cine religioso ocupó también un espacio significativo en su corazón; superproducciones como Ben-Hur, La túnica sagrada, Los diez mandamientos o Quo Vadis lo devolvían a su infancia de rodillas sucias y entradas de cine pagadas en reales -o gratis- en los Salesianos. Las que más le conmovían, sin embargo, eran Marcelino, pan y vino y Jesús de Nazaret, que él consideraba la mejor película sobre Cristo que se había hecho.

Pero quiero terminar este artículo con el cine de humor clásico, denostado por la sapiencia cultural de su época y que tantas horas de diversión ha proporcionado a mi familia. Un lugar destacado en nuestro imaginario casero tienen los Hermanos Marx; en concreto, Una tarde en el circo, Un día en las carreras, Una noche en la ópera y, especialmente, Sopa de ganso (nuestra primera cinta VHS) y Los Hermanos Marx en el Oeste, por las que mi padre sentía debilidad. Con los ya poco recordados Laurel y Hardy (AKA El gordo y el flaco) él pasó igualmente tardes enteras de descojone asilvestrado Cabezas de chorlito, Laurel y Hardy en el Oeste y Un día de campo le hacían mearse de la risa-, y con una joya de Abbott y Costello, ¡Agárrame ese fantasma!, pareja cómica que en España nunca tuvo demasiado predicamento.

9En resumen, que con mi padre -entre otras cosas más importantes como un gran marido y padre- se ha ido un amante del cine. De hecho, el día anterior a dejarnos vio en su sillón orejero, junto a mi hermana pequeña, su última película; una de las que más contento le habían puesto siempre, interpretada por el artista que mayor ternura le inspiraba: Cantinflas. El padrecito fue su despedida del celuloide.

Pero, como ya he dicho, y poniéndonos serios, estamos ante un adiós momentáneo: si de algo estoy seguro en esta vida de pistas con cuño divino es que a él ya no hay sombra que le entorpezca la visión de la belleza absoluta. ¿Y de qué nos habla esa belleza, captada a ráfagas en un anochecer de verano, ante un acantilado castigado por las olas, frente a un cuadro en El Prado o -como trato de demostrar a través de este blog- en una sala de cine? La respuesta la conoce todo hombre que se haga con sinceridad esa pregunta: del amor. “¿Y cuál es la expresión absoluta de esa belleza?”, cabe apuntar. Pues bien, llegados a este punto, mejor me callo y dejo hablar a Benedicto XVI, citando su reflexión sobre la frase de uno de los personajes de Fiódor Dostoyevski en la obra El idiota: “La belleza salvará al mundo”.

10Dice así Joseph Ratzinger:

“Quien cree en el Dios que se manifestó precisamente en las semblanzas de Cristo crucificado como amor hasta el final sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza; pero en el Cristo que sufre aprende también que la belleza de la verdad comprende la ofensa, el dolor, y el oscuro misterio de la muerte […] Quien es la belleza misma se ha dejado golpear el rostro, escupir a la cara, coronar de espinas. Pero precisamente en este rostro tan desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor que llega hasta el final y que se revela más fuerte que la mentira y la violencia”.

Para ti, papá.

David.

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Acerca de davidsimple

Soy un joven valenciano licenciado en Periodismo. Mi pasión por el séptimo arte me ha llevado a comenzar esta aventura en el mundo blog.

Publicado el 2 diciembre, 2013 en NOTICIAS SIMPLES. Añade a favoritos el enlace permanente. 10 comentarios.

  1. Un nuevo Santo hay en el cielo! Que casualidad, el otro dia en mi casa hablabamos también del Padrecito de Cantiflas! Me ha tocado el corazón

  2. Enorme Don David,ENORME!!

  3. Cierto como la vida misma: ahora está disfrutando de la belleza absoluta que es el Padre.
    Doy fe de la interminable colección de títulos que “los vecinos de abajo” deboraban con su padre y que, gracias a Dios, innundaron el salón de “las vecinas de arriba”.
    Conmovedor artículo; he llorado como una madalena. Es precioso que un hijo hable así de su padre y del Padre.
    ¡Gracias David!

  4. Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios! Me alegro de que os haya gustado.

  5. Perdita Durango

    David, me has hecho llorar y reír…. Has cumplido con el cuarto mandamiento a la perfección… Desde el cielo tu padre estará orgulloso de ti por muchas razones… Un abrazo!!

  6. Sencillamente, gracias David!

  7. Muy bueno Deivid!

  8. Gracias DAVID,me has dado a conocer a un ser, ,para sus hijos,excepcional.No es normal y menos,hoy dìa encontrar,no a alguien cultivado,sino a quien no lo tachen de “esclavo” del querer saber …como era tu padre…Nadie muere mientras haya quien lo recuerde y Tomàs era uno de esos seres…

  9. Muy bueno David. Has elegido la foto que salias mas guapo ehhh.

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