El día que Mikołaj vio una película americana

83b3e010d36c8d86c02c71a4c466bf32-d344399Loco de contento corría el pequeño Mikołaj, parando en cada esquina a batirse en duelos mortales con sus compañeros de fantasía. Los palos que hacían las veces de sables chocaban con virulencia al son de entusiastas bravatas, desafíos caballerescos que surcaban el aire hasta esconderse en la nieve, casi asustados por el ardor guerrero con que eran proferidos. El camino se ennegrecía al paso de los cuatro espadachines con uniforme escolar, que abusaban de unos viejos zapatos cansados ya de tanta aventura.

Ese día del año 1980 Varsovia parecía nueva a los ojos de Mikołaj. Las mismas calles tristes y los mismos desconchados edificios bajo la misma luz mortecina del sol  invernal; y, sin embargo, cada recodo, plaza y escalinata se descubría como un lugar completamente distinto, escenario ideal para combates a muerte por el honor de reyes, damiselas y compañeros de armas.

Aunque habían pasado ya unas cuantas horas, esos caballeretes engorrados hasta las cejas se hallaban todavía fascinados, embotadas sus mentes por la belleza del espectáculo presenciado. Desde esa misma tarde, los relatos de sus padres y abuelos sobre films venidos de los Estados Unidos con piratas, vaqueros y detectives ya no eran sombras amorfas sino algo vivo y maravilloso, una nueva puerta abierta a su imaginación; después de más de treinta años, el gobierno comunista de Polonia había permitido la exhibición de películas norteamericanas.

Pavel, Michał y Piotr habían insistido tanto que Mikołaj acudió a escondidas a la proyección de una historia sobre espadachines en la parroquia del padre Banaszak. Para cuando terminó la película no podía levantarse de la butaca; ni tampoco quería, como si haciéndolo se fuera a escapar lo vivido en las dos horas que había pasado aferrado a ella. Al encenderse las luces se sorprendió a sí mismo con el rostro enjugado en lágrimas y una enorme sonrisa, frente a la extrañada mirada de sus amigos, que no sabían qué significaba aquello.

Cualquier atisbo de tensión se resolvió con una serie de salvas mosqueteras, que Mikołaj gritó en pie sobre la fila de asientos, a las que se sumaron, también sobre las butacas, sus tres compinches. Tras la consecuente caída al suelo y los exaltados reproches del sacristán, los cuatro emprendieron, florín imaginario en mano, el regreso a su barrio.

Dados ya los últimos mandobles, Mikołaj llegó a casa y, como suponía, sus tíos aún no habían regresado del trabajo. Corrió a través de un pasillo atestado de carteles del partido hasta encerrarse en su habitación. Se alegró de no ver allí a sus primos Josef y Vladimir, que debían estar jugando a fútbol en el destartalado solar situado a un par de manzanas. Se agachó bajo la cama que compartía con ellos y serpenteó hasta presionar suavemente uno de los listones de madera del suelo, que extrajo sin dificultad. En el hueco resultante y, bajo una masa informe de cables, cuerdas y hierros recabados en sus expediciones a las fábricas de la ciudad, encontró un objeto rectangular envuelto en papeles de periódico amarillentos.

Segundos después, Mikołaj agarraba con fuerza un viejo marco metálico amenazado por el óxido que contenía la fotografía de bodas de una sonriente pareja de pelo rubio. Los jóvenes que le miraban fijamente, radiantes de alegría, siempre habían sido unos extraños para él. Sin embargo, algo inesperado había sucedido unas horas antes frente a la pantalla de cine del padre Banaszak, en el preciso instante en que D’Artagnan se presentaba al señor de Treville para solicitar su ingreso en los mosqueteros.

De repente, Gene Kelly hablaba en polaco y Mikołaj ya no estaba en una sala de cine sino en una pequeña habitación, acurrucado bajo una manta. Sentado junto a él, el joven de la fotografía realizaba múltiples aspavientos e impostaba voces distintas al tiempo que sujetaba un libro con su mano izquierda. Como en un fotograma contiguo surgía también la figura de la alegre muchacha que lo acompañaba en la instantánea; pero no vestía de novia, llevaba puesto un sencillo batín de color lila. Ella, al contrario del muchacho, refinaba sus gestos y hacía parpadear sus ojos de manera exagerada al leer las frases de la duquesa De Winter; las mismas que había visto pronunciar en la película a una tal Lana Turner. Mikołaj no podía dejar de sonreír, ni de llorar: los silencios decretados y los fantasmas escurridizos habían desaparecido, incapaces de esconderse ante la luz de un proyector de cine.

Esa noche tardó varias horas en conciliar el sueño. Apasionadas voces y esforzadas escenificaciones surgían, agolpadas, de un rincón olvidado de su mente que ni el acto criminal de la policía secreta ni los machacones discursos de sus tíos habían podido ocultar. Antes de cerrar sus ojos en el más dulce de los sueños, Mikołaj dio gracias por la existencia de Los tres mosqueteros y del cine, que habían extraido de su memoria aquello que creía no saber; que, una vez, conoció a esos simpáticos jóvenes de la fotografía. Por fin, después de tantos años, Mikołaj recordaba a sus padres.

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La policía secreta de la Polonia comunista se creó en 1945 con el nombre de “Ministerio de Seguridad Pública”; en 1955 pasó a denominarse “Servicio de Seguridad” hasta su disolución, con la llegada de la democracia en 1989. Miles de personas fueron encarceladas, torturadas y asesinadas bajo su control. Este relato está dedicado a todos ellos y a los que han sufrido la represión de cualquier régimen autoritario en el mundo, incluidos los que hoy viven bajo la tiranía de lobos con piel de cordero; especialmente a ellos.

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Publicado el 13 marzo, 2013 en RELATOS SIMPLES y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 5 comentarios.

  1. En la vida, cuando alguien tiene hemorroides, siempre lo cuenta diciendo: “Tengo un amigo que tiene hemorroides. ¿Qué puede hacer para tratarse?”.
    El cine no es ajeno a esto….
    ….
    ….
    ….
    ESTO QUE CUENTAS TE HA PASAO A TI!!!!
    Cambias los nombres y pones unos raros para disimular… pero ése eres tú con unos que yo me sé…

    • Todo es total y absolutamente inventado. Bueno, sí es cierto que ‘Los mosqueteros’ es una de las pelis de mi infancia…

      • Jejeje… Pues había un momento que pensaba que era un extracto de un cuento y me he puesto a buscar el comentario: Extracto del cuento de Alexander Protonov: “En la infancia hay momentos que tienen un antes y un después”.
        Muy bueno.
        ….

        ..
        No esperabamos menos.

  2. Muy interesante David. No sabía por donde iba a acabar.. Congrats!

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