TITANIC, de James Cameron (1997)

Si existe una película que sirva para dirimir la simplicidad de un cinéfilo, ésa es Titanic. Con esto no quiero decir que todo simple deba disfrutar con la peli de James Cameron pero es muy distinta la postura de un amante del séptimo arte al que no le gusta y ya está a la de un gafapasta irredento que la ataca con sorna. Éste se burla y vocifera improperios no sólo contra el film en sí mismo sino también contra aquellos que disfrutan de su visionado. En el mejor de los casos el gafapasta enconado le dedica al fan de Titanic una mirada de condescendencia intelectualoide que no puede evitar. Dado que es imposible corregir la experiencia cinematográfica de nadie (y sería estúpido y arrogante el pretenderlo), no voy a tratar de convenceros de las bondades de la peli. Mi intención es, como siempre, realizar una apología light; quiero compartir con vosotros el recuerdo de cuánto me hizo disfrutar a mí y crear así una canal de comunicación a dos bandas para discutir sobre ella y que de ese modo nos enriquezcamos todos.

Lo primero que diré es que se trata de uno de los pocos films que he visto más de una vez en el cine. Fui a verla como todo el mundo, empujado por el famoso boca a boca, aunque sin esperar demasiado a causa de su gran componente pastelero. Tenía catorce años cuando se estrenó y mi peli favorita por aquel entonces era Speed: Máxima potencia (que me sigue gustando, no creáis que reniego de ella), de modo que imaginaos mi opinión respecto al cine cursi. Para mi sorpresa las más de tres horas que duraba el asunto me dejaron clavado al asiento, con todos mis sentidos puestos en el enorme espectáculo que estaba presenciando. Es cierto que Titanic no posee una historia de amor demasiado trabajada pero también debe reconocerse que la sencillez de su romanticismo nos hace empatizar a todos rápidamente. Y ésa es la única concesión que haré al gafapastismo. Tanto es así que no se me caen los anillos al afirmar que sitúo a la obra de Cameron en la estela de grandes superproducciones de Hollywood del épico estilo de Los diez mandamientos, Ben-Hur, Lo que el viento se llevó o Lawrence de Arabia.

La profundidad de la historia es mucho mayor de lo que una mirada deshonesta y atascada en sus prejuicios podría observar. La trama amorosa apela al romanticismo más básico, no lo pongo en duda, pero es precisamente su brutal  transparencia la que convence de la verosimilitud de los sentimientos que conducen las acciones de los personajes. Y al que le parezca demasiado cursi el libreto de Cameron es que nunca ha estado enamorado, creo yo. Sin embargo, lo que más me cautivó emocionalmente de Titanic no fue la historia de Jack y Rose sino la maravillosa cadencia con que el director arrastra al espectador a sufrir siempre con una intensidad ascendente el destino de la mayoría de pasajeros del malogrado transatlántico. No es fácil que una cinta catastrofista de estas dimensiones consiga del espectador una comunión tan visceral con las ansias de supervivencia de los personajes inmersos en la tragedia que relata, con su terror y sus miedos.

Más que los efectos especiales es la fabulosa puesta en escena y el insultante dominio del espacio escénico de Cameron lo que dota a la peli de su bárbaro aspecto. Contra lo que uno podía esperar, el cineasta yanqui se maneja también con corrección en espacios de corte más intimista (aunque la fotografía no sea lo mejor de la peli), lo que ayuda mucho a no dar la impresión de estar ante dos pelis distintas una vez comienza el hundimiento. Además, el prolongado metraje de Titanic nunca es un problema pues el entendimiento del ritmo dramático es siempre prefecto en Cameron y, por tanto, el montaje es inmaculado. El otro aspecto que colabora definitivamente con la construcción de un espectáculo grandioso es la preciosa banda sonora de James Horner, de la que muchos recordarán sobre todo el famoso tema al que puso voz Celine Dion, My heart will go on.

Con la perspectiva que dan los años se aprecia aún más el acierto en el trabajo de casting del film. ¡Menuda pareja protagonista se inventaron con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet!, dos de los mejores intérpretes del presente y, además, poseedores del carisma de las estrellas del Hollywood clásico. La razón por la que hoy DiCaprio tiene el peso que tiene en la industria del celuloide es esta película, que le catapultó como galán para adolescentes -todavía recuerdo los gritos de las quinceañeras en la proyección de la peli cuando aparecía por primera vez en pantalla DiCaprio- y demostró que había madera de actor de alto tallaje. En cuanto a Winslet, ¿qué voy a decir de la única actriz que le hace sombra a Meryl Streep en la actualidad? No perderé ni un momento en contestar a los estúpidos que no saben apreciar sus curvas. Winslet es un bellezón al más puro estilo ‘british’. Por lo que respecta a la plantilla de secundarios, tampoco está mal. Por cierto, que a mí me gustó bastante más Kathy Bates que Gloria Stuart, aunque nominaran a esta última.

Titanic es cine del bueno, un espectáculo tan redondo como arrebatador. No será plato del gusto de todos pero para los que didfrutamos con ella se trata de una obra cumbre en la historia del séptimo arte, un claro ejemplo de lo que deseamos experimentar cuando entramos a una sala de cine. ¡Qué lejos queda abril para que se estrene la versión en 3D!

Tráiler subtitulado de la versión 3D (2012)

Tráiler subtitulado de la versión original (1997)

“My heart will go on”, de James Horner // Interpretado por Celine Dion

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Publicado el 14 diciembre, 2011 en EN CARTELERA: CRÍTICAS SIMPLES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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