LA ‘HAPPY HOUR’ DEL JUBILADO SON LAS 16.30

El otro día fui a la sesión de las 16.30 de una sala céntrica de mi ciudad. Y no es muy habitual que se cumpla ninguno de esos dos  factores cuando salgo a ver una peli (hora intempestiva + salas diminutas = me voy a una megasala de las afueras con pantallones y posibilidad de piernas estiradas). De hecho, si no me queda más remedio quedesplazarme al centro sólo hay un cine al que acepto ir. No diré el nombre para no hacer publicidad gratuita. El otro que hay por la parte vieja, más moderno y coqueto, es la peor sala que uno se puede echar a la cara. Su pantallas son pequeñas y se encuentran elevadas por encima del nivel de los ojos del público, con lo que te toca estar mirando para arriba toda la puñetera proyección. A pesar de que comparto la idea generalizada de que tiene más encanto quedarse en la ‘city’ y darse un paseo antes de ver la peli, para mí lo fundamental en una experiencia cinematográfica depende de las condiciones de la sala y no de las del entorno (amén de la calidad del film, como es obvio). Por desgracia, los grandes complejos de ocio llenos de ‘cruasans’ de gimnasio y chonis emperifolladas son los que me ofrecen la calidad visual y auditiva que exijo.

Como decía, hace unos días tuve que acudir a una sala céntrica pues el pase de prensa que conseguí sólo valía para uno de los que todavía quedan cerca de la plaza del ayuntamiento. Como después quería resolver un par de asuntos en las cercanías, me decidí por la primera sesión. Hacía tiempo que no me sentaba en una butaca palomitera en horario semejante pero me alegró comprobar que la simpática fauna de las sesiones de tarde no ha cambiado. Además de frikis como yo con gafas y sin dinero para palomitas, hay otra especie cinéfila que elige la hora de la siesta para acudir al templo de la gran pantalla: los jubilados. Son los reyes del mambo en la primera sesión y lo tienen todo muy controlaado. Dado que tienen muy localizados los mejores asientos tras años de cinemanía acumulada van directos a ellos. Si llegan tarde y ya están cogidos parece que se les cae el mundo encima y como acto reflejo se deciden, indignados, por una zona lateral: “Uy, ¡cuántos años hace que no me sentaba por aquí!”, suele escucharse. El proceso de sentarse conlleva también muchos “ays” y una buena cantidad de suspiros de anciana resignación.

En jubilado es el compañero de sala ideal: te entretiene con sus historietas antes de que empiece la proyección, no dice ni mu durante la película y no compra palomitas (y, seamos sinceros, te hacen sentir muy joven, lo que teniendo cerca la treintena es de agradecer). Sus tertulias previas empiezan con una quejumbrosa quitada de abrigos durante la que comentan el tiempo que hay fuera, la temperatura que hay dentro y si se han ensuciado los zapatos en la calle, “que está todoa la ciudad patas arriba con tanta obra y tanto polvo”. Tras el calentamiento inicial empieza el cruce de declaraciones incendiarias, que varía dependiendo de la compañía. Os hago un pequeño desglose donde esto se verá con mayor claridad.

Agrupaciones cinéfilas que pueden hallarse en la sesión vespertina inicial:

1. Matrimonio jubilado: Hablan de los hijos, los nietos, el médico, la médica (aunque el marido piensa en algo distinto a lo que está pensando la mujer), “cómo está España”, lo maleducados que son los vecinos de abajo y lo simpática que era la chica de la taquilla (aquí el marido también está pensando algo distinto a la mujer).

2. Varios matrimonios jubilados: Lo mismo, pero en estéreo.

3. Cuadrilla de jubiladas: Las más dicharacheras de la sala, sin duda. Dicen mucho “uy” y expresiones de tierna ancestralidad como “qué bien trabaja este actor” y “qué elegante es ella”. Se ríen contínuamente, hablan de las últimas veces que han ido al cine y se contradicen con las compañías que llevaban (“Que no, que esa la vi con Dolores, que tú te habías puesto mala de lo tuyo y estabas con tu hija la mayor, la que tiene el marido en paro; por cierto, ¿cómo le va al marido? ¿Ha encontrao algo? ¡Qué mal están las cosas, Señor mío!”). Además, suelen llegar a un consenso sobre la calidad de las pelis que vieron aunque hayan empezado la conversación atrincheradas en posiciones radicalmente opuestas.

Una expresión típica del jubilado: “Qué bien trabaja esa actriz”. (Image credits to The Sun)

4. Cuadrilla de jubilados: No van al cine, están jugando al dominó mientras hablan de Mourinho, Guardiola, Franco y  los banqueros. Y de que ahora llueve menos y se come peor (Vamos, igual que sus hijos pero sutituyendo a Franco por Rubalcaba y Rajoy mientras piensan en Scarlett Johansson).

Pero no creáis que los jubilados sólo debaten sobre ramplonerías o banalidades, ni mucho menos. Todos los grupos mencionados dejan espacio a la filosofía, la religión y la psicología. El otro día, sin ir más lejos, un matrimonio entrado en años y ‘abutacado’ a mis espaldas criticaba a un amigo suyo con virulencia. Entonces el marido se quedó callado y recogió toda la parrafada de rajadas en una profunda reflexión: ¡Qué estúpidos somos los humanos! Y se tiró un pedaco que no veas, supongo que para refrendar más sonoramente su apunte filosófico. La parte religiosa la puso con un “¡ay, Señor, qué mal estamos!”; la mujer soltó varios uyuyúis y estuvieron en silencio casi un minuto no sé si para dejar que el pedo marchase en paz o para darme la oportunidad de que yo me lo comiese en un silencio contemplativo.

En definitiva, que la primera sesión de un cine céntrico constituye una experiencia de olores, sonidos y visiones que todo cinéfilo, simple o no, debe experimentar alguna vez. La peli que se vaya a ver es casi secundaria; lo importante es la ambientación. Y no lo digo por el Dolby Surround o por la taquillera.

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Publicado el 21 noviembre, 2011 en RELATOS SIMPLES y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. yo casi siempre voy al mismo cine , solo tengo que pillar el tranvia y las salas pequeñas siguen teniendo una pantalla bien grande , y la proxima vez me fijare mejor quien hay en la sala.

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