EL PADRINO, de Francis Ford Coppola (1972)

Cartel del estreno de ‘El padrino’ en España.

La cantidad de teorías que los estudiosos de la narración han intentado desarrollar para entender qué hace que una historia funcione son muchas. ¿Por qué unos relatos nos cautivan y otros no? ¿Existe una fórmula que haga funcionar todos los engranajes de una película o un libro con inmaculada precisión? Obviamente, no. Si así fuera, sería imposible hablar de arte. Es cierto que existen algunas estructuras que se sabe que funcionan, determinados esqueletos narrativos -que no son más que indicaciones- que los guionistas (y los novelistas) utilizan cuando se ponen a escribir. Pero como no son más que sencillos esquemas de carácter muy generalista, no aseguran, ni mucho menos, el éxito. ¿Por qué, por ejemplo, El padrino ha dejado a tantísima gente extasiada? ¿Qué la convierte en el film más votado en Filmaffnity y en el segundo en IMdB? Sinceramente, no lo sé. Lo que sí sé es por qué me extasía a mí; por qué cada vez que la veo me emociona, me pone en tensión y me hace disfrutar y dar gracias a Dios por la existencia del cine. Y eso es lo que pretendo hacer hoy.

Si alguien me preguntase de qué va El padrino le diría que narra la historia de un tipo que pretende llevar una vida honrosa y a quien los acontecimientos le fuerzan a decidir si quiere seguir con ese plan y alejarse de su familia o si quiere volver de lleno a ella y llevar una vida insegura y oscura que, a cambio de su familia, le exigirá su decencia, sus afectos y su inocencia; en definitiva, su alma. Y ese hombre elige la segunda opción. El film de Francis Ford Coppola es mucho más que mafia, poder, corrupcción o familia. Es una suerte de lejano Fausto italoamericanizado cuyo romanticismo se expresa a través de derramamientos de sangre, favores y venganzas perpetradas por unos tipos que se han fabricado un mundo paralelo al real mediante el lenguaje del honor y la familia. Sin embargo esa existencia alternativa participa de las mismas miserias que la real y, para justificar su existencia, llama hipócrita a la otra, desde su propia y atroz hipocresía, que es aquella inseparable de los que no saben vivir de otra manera.

Coppola da indicaciones, junto a Brando, durante el rodaje (Credits to Vanityfair.com).

En El padrino se alcanza la cota máxima a la que aspira cualquier película. La profundidad de su guión, de la que ya hemos hablado -y de la que hay muchísimo más que rascar- emana de una narración sumamente entretenida. La historia de Michael Corleone y del envejecimiento de su padre, Vito, es la de la sucesión en la corona de un monarca pero también la de un sistema que se enfrenta a un mundo cambiante, que lleva en sus propias reglas la condena de su permanencia y de destrucción mutua de los que están integrados en él. Coppola, que también es autor del guión (junto al autor de la obra homónima en que se basa la película, Mario Puzo), reliza una feroz escalada de acontecimientos con enorme fuerza dramática que culminan en un clímax magistral. Todo nos conduce a la decisión del protagonista sobre su destino, sobre quién va a ser.

Marlon Brando es Vito Corleone, el patriarca de la familia.

No sobra ni una escena en el montaje de prescisión milimétrica de Peter Zinner y William Reynolds (que tampoco hacen mucho más que seguir al pie de la letra las indicaciones de Coppola).La edición consigue mantener un ritmo siempre ascendente y no aburrir al espectador en nigún momento. Además, no hay secuencia mejor montada en la historia del cine que el final de El padrino. Otra joya de la técnica de este film es la fotografía de Gordon Willis. La utilización de las luces y las sombras es maravillosa pero lo que hace destacar la labor de Willis es el sitio donde deja la cámara y los encuadres, bellos por la información que nos dan siempre. Es imposible hablar de una de las obras maestras de Coppola sin mencionar la banda sonora de Nino Rota, cuyo tema principal es ya eterno.

Quizás lo menos destacado, desde un punto de vista general, es el reparto. Matizo porque los dos protas de la peli, Al Pacino y Marlon Brando realizan dos sensacionales interpretaciones, muy superiores a las del resto. El primero sabe reflejar en su rostro la tenebrosa evolución de su personaje y el segundo, como además de un actor brutal era una verdadera estrella de Hollywood, crea uno de los personajes más importantes en la historia del cine. Completan el reparto Robert Duvall, que está muy bien, Diane Keaton, que no está mal y James Caan, que quizás está un pelín sobreactuado y, por ello, gritón.

Diane Keaton y Al Pacino, en una escena de la película.

Una obra que cambia la historia del arte al que pertence es de obligado visionado no sólo para los amantes de la disciplina en cuestión sino para todo aquel que busque la belleza en este mundo. No de un modo superficial, sino con la simpleza del alma que necesita contemplar lo que existe de hermoso (que es mucho) en esta vida; ya sea una cordillera, un lago, un niño jugando con su madre, la sonrisa de una mujer, un cuadro de Van Gogh, una canción de Bob Dylan o una película como El padrino. Repito: Imprescindible. Imperdible. Necesaria.

PD: Adjunto un tráiler de la peli en inglés y la primera escena en castellano para que los que la hayan visto la vuelvan a saborear. Los que no la hayáis visto, podéis empezar a sobrearla.

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Acerca de davidsimple

Soy un joven valenciano licenciado en Periodismo. Mi pasión por el séptimo arte me ha llevado a comenzar esta aventura en el mundo blog.

Publicado el 26 septiembre, 2011 en EN CARTELERA: CRÍTICAS SIMPLES y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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