ORGULLO Y PREJUICIO, de Joe Wright (2005)

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Cartel del estreno en España de 'Orgullo y prejuicio'.

Cuando un simple está sensible y decide ver una peli romántica suele acabar decepcionado. No sé si será general el sentimiento que producen en mí repelencias del calibre de Come, reza, ama, Exposados, o ¿Qué fue de los Morgan? pero me gustaría dar por hecho que así es. La repetición de estos platos de amarga digestión cambia la disposición del simple con respecto al cine de temática sentimental y acaba por transformarlo en un resignado que sólo aspira a amoríos medianamente entretenidos. Que no se confunda nadie, los productos de esta clase son distintos de los anteriores. Se trata de simplicidades ajustadas a las expectativas del que no busca más que pasar un buen rato. Títulos que incluiríamos en esta respetable categoría serían, por ejemplo, La proposición, Como la vida misma o 27 vestidos. Sin embargo, en ocasiones ocurre algo distinto en una sala de cine. Un destello de luz ilumina la noche del celuloide y el conformista cinéfilo se ve sorprendido por una de esas películas que hablan del amor romántico de un modo honesto, sin utilizar los dos tarros de azúcar habituales que disfrazan a los personajes de idiotas idealistas o inmaduros pedantes. Hablo de películas de temática romántica que dan un paso adelante más allá de lo entretenido y se sitúan en un plano superior. En el caso de Orgullo y prejuicio el paso es un trotar de cientos de metros.

Estamos, sin duda, ante la mejor adaptación cinematográfica de la autora inglesa (superando incluso a la estupenda Sentido y sensibilidad de Ang Lee) merced a los elementos clave aportados por el director Joe Wright y por la guionista Deborah Moggach. Desde el  plano inicial del film hasta el último la conexión de Wright y Moggach con la novela de Jane Austen roza lo espiritual. El primer elemento reseñables es el guión de alma victoriana escrito por la libretista británica que, a pesar de lo existencialmente ceñido que está al momento histórico en que se desarrolla el relato, resulta actual por la insólita frescura de su diálogos. Es de un mérito notable utilizar el inglés de Austen y no acabar con una adaptación petulante y farragosa, como suele ocurrir con muchos films que se atreven con historias de época.

Knightley espera en un momento del rodaje mientras MacFadyen repasa el guión (izquierda).

El gran acierto de Wright parte de la comunión existente entre su mano tras la cámara y lo escrito por Moggach. Además, el cineasta británico dota a la película de un aspecto formal homogéneo basado en la coherencia de sus partes. La fotografía es clásica sin ser lenta (fenomenales los acompañamientos de la steadycam a los personajes en las escenas de las fiestas). El montaje es pausado pero no abotargado y en ningún instante soñoliento. La maravillosa banda sonora de Dario Marianelli -anclada en las teclas del piano- es elegante como norma a lo largo de todo el metraje porque sabe ser melódica y sinfónica cuando deber serlo. Marianelli entiende lo que los personajes se juegan en cada escena y los acompaña en su trayecto sin desentonar, siguiendo el mismo compás que el guión, la fotografía y el montaje. Toda esta estructura está sostenida por el excelente tacto de Wright que tiene muy claro cómo contar la historia de las hermanas Bennett sin ser ñoño.

Knightley y Wright conversan en una pausa de la filmación.

Por otro lado, llama la atención que las dos mejores adaptaciones que se han hecho de Austen hayan tenido a dos hombres al mando. En el caso de Orgullo y prejuicio resulta aún más impactante la capacidad de convertir un libro escrito por una mujer para otras mujeres en un producto apto para hombres. La posibilidad que tienen las obras escritas de plasmar en palabras el subconsciente de un acontecimiento dramático sitúa de un modo radical el original de este film en el terreno del sentir femenino. Que ese subconsciente esté presente en la película de manera que no impida la empatía del público masculino con Elizabeth y, a la vez, consiga que éste se enamore de ella, no puede ser más que obra de alguien con un estilo magistral. De ahí que sea un consuelo que la adaptación de Ana Karenina esté en manos de Wright y no de los peligrosos pelmazos que pululan por Hollywood.

Knightley estuvo nominada al Oscar por 'Orgullo y prejuicio'. (Credits to sensacine.com)

El casting es la tercera rueda que hace avanzar a gran velocidad la cinta de Wright. Keira Knightley -que al principio tuvo sus dificultades para convencer al director inglés de que le diera el papel porque éste la consideraba demasiado guapa- logra meterse con brillantez en el vestido del alter ego literario de Austen. El fuerte carácter del personaje está presente en su interpretación y, sin ocultar ese rasgo específico, Knightley saca a relucir una amplia gama de emociones para Elizabeth que la hacen más compleja y frágil.  Una labor espléndida la de la actriz londinense que conquista al espectador no sólo por su apabullante belleza -qué sonrisa tan encantadora, por cierto- sino por su comprensión de la mujer que imaginó Austen y que Moggach retrata tan bien en su guión.

El resto del magnífico reparto está a la altura de las circunstancias. Empezando por Matthew MacFadyen, que clava la personalidad de Darcy en cada una de sus tristonas miradas -a uno le entran ganas de darle un abrazo y gritarle: ¡¡Tío, a por ella, coño!!- y tiene una sutil química con Knightley; y siguiendo po las otras hermanas Bennett, desde Rosamund Pike (Jane) hasta las más pequeñas. Especialmente Jena Malone (Lydia) y Carey Mulligan (Kitty), que apuntaban en la peli unas maneras hoy de sobras contrastadas.

Matthew MacFadyen es el 'parteneire' de Knightley en la película, el acaudalado Sr. Darcy.

Me he dejado para el final a tres monstruos de la interpretación que se comen la pantalla cada vez que la cámara los tiene en su encuadre. No hay mucho que decir sobre Donald Sutherland (Sr. Bennett) que no se haya dicho ya. Simplemente remitiré al lector a la última escena del film para que entienda mi admiración por este actor. En cuanto a la Sra. Bennett, no hay calificativos suficientes para la labor de Brenda Blethyn. Su presencia en el film es electrizante, un torrente de energía que produce carcajadas a porrillo. Está simplemente perfecta. ¿Se puede igualar un trabajo como el suyo? Pues, amigos míos, ahora toca hablar -descúbranse, por favor- de Judi Dench (Lady Catherine), cuya interpretación es tan fugaz como arrolladora. Su rostro consigue siempre centrar toda la atención cuando entra en escena y cada una de las palabras que salen de su boca son lecciones en vivo de qué significa ser actriz. Impresionante.

Me despido una vez más esperando que aquellos a quienes haya convencido queden satisfechos con mi proposición. Espero que ni el orgullo de algunos espectadores que han sido antes lectores de la novela ni los prejuicios de muchos componentes del sector masculino hacia el cine de época sean acicates para que se pierdan esta espléndida película. ¡¡Saludos simples!!

PD: Adjunto el tráiler de la peli, un pequeño reportaje detrás de las cámaras y una entrevista a Keira Knightley sobre su papel (éste último video está en inglés sin subtítulos, lo siento).


 

 

(Credits to EBD05 and KelsiKnightley)

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Acerca de davidsimple

Soy un joven valenciano licenciado en Periodismo. Mi pasión por el séptimo arte me ha llevado a comenzar esta aventura en el mundo blog.

Publicado el 29 julio, 2011 en NOTICIAS SIMPLES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. como se suele decir una imagen vale mas que mil palabras , asi que una escena vale mas que todos mi posibles elogios , que serian muchos , hacia esta maravillosa pelicula

    pd: fantastico analisis , y te recomiendo la ultima version de jane eyre , escrita por charlotte bronte ( coetanea de jane austen) y dirigida por un hombre .Cuenta

  1. Pingback: En cartelera // UN MÉTODO PELIGROSO, de David Cronenberg « cineparasimples

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